Piel
Mayo 22, 2008
Tocar la piel ajena por primera vez es siempre pisar de nuevo la arena de un desierto o una playa. Traspasar una piel como quien cruza la tierra hacia lo desconocido. ¿Es ese velo una hoja escrita sólo de un lado? De un lado el mundo, el aire pegado a cada uno de nosotros y una expansión infinita hacia el exterior, el planeta, el sistema solar, la galaxia, el universo… y por otro un viaje ignoto hacia dentro, hacia la infinitud de lo pequeño, hacia otras galaxias que se esconden en el núcleo de los átomos que nos componen.
Hoy, afuera está frío: el vello erizado se expone al aire. ¿Sentirá ese soplo como vientos huracanados que azotan la superficie? El roce intenso de tu mano en mi espalda, tus dedos jugando sobre mi mejilla. Por dentro, la calidez y el equilibrio: la contención de la perfecta maquinaria, el humor suave y denso de los órganos.
Una brecha en la piel une ambos universos descompasadamente y rompe el equilibrio: la calidez choca con el frío y se produce la batalla. Quizás en eso consista la diferencia entre la violencia y el amor: la pasión se consuma al cruzar la frontera, al entrar en el cuerpo del otro que abre sus puertas para ser explorado. Delicados encastres hambrientos, apasionados y consentidos: el pene, la lengua, los dedos, entran en los dominios de la piel por aberturas germinales y dadoras. Al contrario, la violencia rompe, rasga, abre caminos y erupciones y provoca violentos manantiales de lava roja o amarilla.
Uno convive con la piel como el primer límite. Cruzarlo siempre es doloroso, pero aún así hurgamos en la llaga o arrancamos la costra para mirar dentro. Nuestro interior es un mito, un misterio, un miedo infantil: quisiéramos desvelarlo, palpar los tejidos y las venas, abrir los riñones y estudiar su estructura como una catedral gótica, pero tememos cruzar la frontera porque quizás no haya camino de vuelta. Por eso las caricias nos estremecen: son un indicio, una señal de que se quiere saltar la frontera, de que el otro se acerca a tu misterio, de que sólo una fina pared le separa de tus mismos deseos.
Tengo una cicatriz que detesté durante años, recuerdo de una caída infantil. Me cosieron con crudeza, y no hubo ningún retoque de cirugía plástica; no está a simple vista pero siempre me dio un poco de vergüenza. Hasta que él, la recorrió venciendo mis pudores y defensas infantiles. Muy despacio y por primera vez. Ese modo de palpar la piel retorcida y unida nuevamente, ese modo de navegar con sus dedos y su lengua por ese cordoncito montañoso, por esa llaga seca hizo que aprendiera a llevar mi cicatriz como una enseña: son huellas de un viaje, son la prueba indeleble de un traspaso, de un intento de quebrar, de algún modo, los límites. El me enseñó que recorrer ese zurcido precario es recuperar el periplo de un acercamiento a las sirenas, es la historia de un abismo, es la memoria de una grieta que rompió, por un instante, las fronteras.
Cada piel es un mapa de dos dimensiones. Explorarla, pisar en los recodos, asomarse a las planicies, adentrarse en los bosques, pasar, en fin, las líneas invisibles que dividen un espacio del otro es labor alquímica y devota. Cada espora, cada poro, una llave reversible hacia el infinito
Septiembre 10, 2008 at 6:10 pm
Que bello y profundo lo que has escrito
mucha sencillez pero de veras que lograd describir y transportar con la imaginacion a cada una de las imagenes que describes en este escrito
te felicito
saludos